30/8/10

Cortesía y respeto en los departamentos de RR.HH., por Olga Casal



En estos tiempos de crisis económica en los que tanta gente ha perdido su trabajo, abundan en todos los medios de comunicación, digitales e impresos, los consejos para redactar un C.V. en condiciones y para presentarse adecuadamente a una entrevista de trabajo. Yo misma he escrito sobre eso (ver aquí).

Ante tal cantidad de información, casi todo el mundo sabe ya qué datos debe incluir en su currículo, cómo debe presentarlo y cómo debe vestirse, comportarse e interactuar con su entrevistador para causar la mejor impresión y conseguir el empleo en caso de ser seleccionado.
Pero lo que no he visto todavía es un solo consejo para reclutadores de personal que, en ocasiones, olvidan que quien se dirige a ellos demandando un puesto de trabajo es un ser humano merecedor de respeto y consideración, con independencia de su cualificación profesional o su idoneidad para el puesto solicitado.
Alguien que se toma la molestia de remitir a una empresa su C.V. con una carta de presentación merece, como mínimo, una respuesta acusando el recibo de la misma. No cuesta nada. Es facilísimo configurar una contestación automática en el correo electrónico con unas palabras que expresen el agradecimiento y asegurando al remitente que le llamarán en caso de producirse alguna vacante acorde con su perfil. Un sencillo gesto de deferencia que mejorará la imagen de la compañía y complacerá a quien se dirija a ella en demanda de trabajo. Me pregunto, entonces, por qué casi nadie lo hace.

23/8/10

Clases de buenos modales para las Olimpiadas de Londres 2012, por Olga Casal



Las autoridades chinas instruyeron a la población de su país antes de las pasadas Olimpiadas de Pekín, insistiendo en difundir nociones de urbanidad y buenos modales acordes con las costumbres occidentales, conscientes de que los Juegos eran una ocasión única para abrirse al mundo y al turismo.

Pues ahora ocurre lo mismo en Londres. Con las Olimpiadas del 2012 en el horizonte, se está gestando una campaña de civismo y buena educación que se difundirá entre la población londinense bajo el lema “sonría, diga gracias y por favor”, con el fin de recuperar la tradicional fama de cortesía y elegancia en las formas que antaño tuvieron los ingleses y que, al parecer, han ido perdiendo.
La iniciativa se centra en mejorar la actitud de los ciudadanos frente a los extranjeros, fomentar la amabilidad, la limpieza en las calles y las buenas maneras en las relaciones.
Que la gente intente mejorar en el ámbito del respeto a los demás siempre es una buena noticia. Tal vez podríamos plantearnos algo así en España, ciudad a ciudad, pueblo a pueblo, aunque sólo fuera con motivo de las fiestas patronales. Seguro que todos saldríamos ganando.
La noticia completa se puede leer en http://www.minutodigital.com/noticias/2010/08/20/lecciones-de-buenos-modales-para-los-ingleses-antes-de-los-juegos-de-2012/

16/8/10

Tres consejos para hablar en público, por Olga Casal



En el día a día de nuestra vida profesional, con frecuencia tenemos que enfrentarnos a alguna situación que nos obliga a hablar en público, bien sea por la presentación de una propuesta ante un cliente, unas palabras de agradecimiento u homenaje en un banquete o una conferencia sobre un tema de nuestra especialidad. El caso es que, aunque no seamos oradores profesionales, nos veremos en la necesidad de salvar la situación de una manera digna, coherente y sin que nos maten los nervios.
Sea cual fuere el motivo de la exposición y el tema a tratar en ella, ineludiblemente debemos proponernos tres objetivos:

Primero, empatizar con la audiencia: Necesitamos entrar en buena sintonía con nuestros oyentes, que perciban en nosotros una corriente de simpatía y respeto hacia ellos, lejos de cualquier postura arrogante a la que, a veces, nos empuja la inseguridad. Conocer con antelación el perfil del público, saber cuáles son sus expectativas y dirigirnos a él con una mirada directa y franca nos ayudará a conectar. Dominar la materia y hacer un par de ensayos ante el espejo, también. Intentaremos sentirnos cómodos y relajados, transmitiendo un aplomo que, seguramente estamos muy lejos de sentir, al menos en los primeros momentos.

Segundo, captar la atención del espectador: Por muy atractivo que sea el tema, es difícil mantener el interés de la gente durante más de 15 ó 20 minutos seguidos, ya que todos tenemos tendencia a distraernos y desconectar del asunto central mientras se nos van los pensamientos hacia nuestras propias preocupaciones. Conviene, pues, dividir la exposición en pequeños bloques, marcando cambios que impriman ritmo al conjunto y libren al público del aburrimiento. Como mínimo, será necesario hacer una breve introducción que avance la tesis que se va a presentar, seguida del cuerpo central en que se desarrollará el tema y, para finalizar, un resumen de las conclusiones derivadas de la exposición. Además de una presentación bien estructurada, si el contenido se ve salpicado de anécdotas, historias y ejemplos, será más fácil conservar el interés del espectador. En el caso de una conferencia o una impartición docente - normalmente más largas - se puede apoyar la exposición oral en material multimedia con vídeos, fotografías o gráficos que ilustren la ponencia y la hagan más amena.

9/8/10

La buena educación, ¿Una especie en extinción?, por Olga Casal



No hace mucho, el director de una fundación que se ocupa de fomentar la relación entre la universidad y el mundo empresarial me contaba una anécdota que me hizo reflexionar sobre el tema que da título a este post: la buena educación. Según me refirió, el presidente de una de las empresas colaboradoras de la fundación, que acoge habitualmente alumnos universitarios en prácticas, se quejaba en una reunión de que los estudiantes que recibía “eran profesionales, pero no personas”. Ante el estupor de los presentes, se explicó: “Ustedes me mandan ingenieros y economistas muy bien preparados, pero sin la más mínima idea de cómo comportarse. Me tutean nada más llegar, se sientan de cualquier manera y carecen de modales…”


Desconozco la explicación que le dieron al empresario descontento por la falta de formas de sus becarios, pero a mí no se me ocurre más que una: nadie nace sabiendo y si las familias y los centros educativos renuncian a la responsabilidad de enseñar educación y modales como herramienta básica para la convivencia, poco podemos esperar.

Hasta hace unos años, el colegio y la universidad nos preparaban para las relaciones profesionales, pero era el entorno familiar el que nos iniciaba en las relaciones humanas. Los padres enseñaban a sus hijos a sentarse a la mesa, a comer correctamente, a saludar, a dirigirse a otras personas con cortesía, a cultivar las buenas maneras…

En la actualidad, la educación de los hijos se torna cada vez más difícil. Los horarios laborales dificultan la vida familiar y en los pocos ratos que los padres consiguen arañar al día para la convivencia prefieren evitar enfrentamientos y malas caras, aunque eso les obligue a pasar por alto ciertos comportamientos y actitudes de sus hijos. Estos se van convirtiendo en pequeños tiranos domésticos y trasladando al colegio el mismo despotismo, alentados por la pasividad de los docentes que tiene poca capacidad de maniobra, prisioneros de un sistema educativo ineficaz. Del ejemplo que los niños reciben en la calle y en la tele, mejor ni hablar, que eso da para varios debates.

Pues bien. El colegio se inhibe. La familia también. Entonces, ¿qué hacemos?, ¿claudicar?, ¿dejarnos engullir por la jungla de grosería y zafiedad que inunda la vida ciudadana mientras seguimos quejándonos de ella?

2/8/10

El estilo y la moda como forma de expresión personal, por Olga Casal





















Publicado en REVISTA PROTOCOLO: http://www.revistaprotocolo.com/index.php?option=com_content&view=article&id=3556&Itemid=651

El artículo sobre la elegancia que publiqué la semana pasada, por cortesía de su autor José Luis Delgado, me lleva indefectiblemente a reflexionar sobre uno de los aspectos externos que reflejan la elegancia: el estilo y la moda como forma de expresión personal.
Desde que Adán y Eva sintieron en el Paraíso la necesidad de cubrir sus cuerpos por pudor, el vestido se ha convertido en algo más que un recurso funcional que nos preserva de las inclemencias del tiempo. Desde antiguo la indumentaria cumple también la misión de distinguir oficios, profesiones y clases sociales. Con mayor o menor sutileza, marca distancias entre ricos y pobres, militares y civiles, religiosos y laicos, nobles y plebeyos. Cada grupo o estamento busca en el vestido su seña de identidad, la que le distingue de los otros y le aproxima a los suyos, con un instinto gregario que le proporciona seguridad y el orgullo de pertenencia al grupo. Pero más allá de ser un factor de clasificación e identificación, el vestido es también una forma de expresión personal en la que el ser humano encuentra una manera de reflejar sus gustos, preferencias y aspiraciones.
La industria y el marketing nos empujan a la tiranía del consumo, creando necesidades artificiales que el individuo desea ver cubiertas para no ser excluido de su entorno social, en un mundo globalizado que nos acerca cada vez más hacia la uniformidad y la homogeneidad. Todos buscamos ser aceptados por el grupo social al que pertenecemos o aquel grupo de referencia al que queremos pertenecer. Pero, al mismo tiempo, una especie de instinto de supervivencia emocional nos inclina a desmarcarnos de la masa, buscando un camino propio, original, en el que desarrollar nuestra faceta creativa, reivindicando el derecho de ser y sentirnos especiales. En este contexto, la moda se convierte en un instrumento valiosísimo de expresión personal, con una dimensión no sólo estética, sino también social, que nos permite expresar quiénes somos o quiénes queremos ser. El hecho de elegir una prenda o descartar otra habla de nosotros, del concepto que tenemos de nosotros mismos y de los demás, de cómo nos vemos y de cómo queremos que nos vean.
Dentro del maremagnum de estandarización en que se han convertido las sociedades del primer mundo, el ser humano defiende su libertad de elección como derecho inalienable de diferenciación e individualidad. Aunque cada vez resulte más difícil. Y en esto radica el estilo. En esa manera única de ser, vestir y comportarse que cada individuo encuentra para proyectar su propia personalidad. Decía Cocó Chanel que las modas pasan, pero el estilo permanece.