Soy docente por vocación. Durante toda mi vida he
compatibilizado mis actividades profesionales con la enseñanza porque desde muy
joven descubrí que enseñar era la mejor manera de aprender. Enseñar me obliga a
formarme constantemente, a reciclarme, a estar al día… Y lo cierto es que el
contacto con mis alumnos me produce una enorme satisfacción que me compensa las
largas horas de preparación y estudio que dedico a cada clase. Hasta ahora
siempre había sido una experiencia muy grata. Siempre. Pero estos últimos meses
en los que he impartido un curso de formación ocupacional para jóvenes
desempleados me han dejado un poso amargo que me ha llevado a reflexionar sobre
lo que está pasando en este país.
El curso en cuestión es producto de una cuantiosa subvención
de la Xunta de Galicia (o sea, que nos cuesta un riñón a todos los gallegos) y
está destinado a dotar de competencias profesionales a un grupo cuidadosamente
seleccionado de personas desempleadas, todas ellas con formación universitaria
y con una edad media de unos 28 años. Debo decir que la entidad organizadora
del curso ha hecho un trabajo impecable de selección, coordinación y
seguimiento del programa, lo cual nos situaba a todos en una óptima posición de
salida.
Sin embargo los que no han estado a la altura han sido los
alumnos. Con gran sorpresa me he
encontrado con un grupo de estudiantes
desmotivados y desganados cuya única intención, creo yo, era lograr una
línea más en su curriculum, aunque para ello sólo estuvieran dispuestos a asistir
pasivamente a clase, hacer lo mínimo imprescindible cuando la profesora manda
un ejercicio práctico y el resto de día pensar en las musarañas o tontear en el
Facebook. Apatía total. Penoso.


