9/6/15

La corbata, ¿símbolo de clase o muestra de respeto?, por Olga Casal


Gente y Estilo. Ideal.es. Olga Casal



Esta semana me ha entrevistado la periodista Julia Fernández, del magazine Gente y Estilo (Grupo Vocento), para conocer mi opinión sobre el porqué de la caída en desuso de la corbata en el mundo de los negocios. El artículo, que refleja también otras aportaciones, se puede leer AQUÍ.

La corbata no expresa solamente una tendencia o una moda. La corbata es un símbolo. 
Como elemento distintivo de la indumentaria formal en los hombres, la corbata simbolizaba desde antaño el estatus y el poder de las clases pudientes, en contraposición a las clases trabajadoras que usaban vestimentas más sencillas y cómodas para ejercer sus oficios.

Aunque esta distinción de clases es más propia de los siglos XIX y XX que del XXI, lo cierto es que la corbata ha quedado señalada como símbolo de ella. Por eso, cuando un dirigente político pretende expresar su cercanía al pueblo, lo primero que hace es despojarse de este adorno, como un gesto conciliador y campechano. Es una forma de decir "soy uno más de vosotros". Se trata, en definitiva, de un recurso de comunicación no verbal pura y dura.Y eficaz. No tenemos más que recordar, en la reciente campaña electoral, a los dirigentes políticos con sus camisas impolutas, remangadas y descorbatadas, acercándose a sus votantes con el ademán, la palabra...y el cuello abierto. Una táctica sencilla y comunicativamente impecable. Un gesto que es cualquier cosa menos casual o espontáneo, porque en política, como en la vida, la casualidad no existe.

Pero una cosa es la campaña electoral y otra muy distinta la actividad institucional. También aquí la indumentaria juega un papel comunicativo importante que no podemos olvidar. Porque en esto de las vestimentas, como en todo, debe primar el sentido de la oportunidad, del respeto y de la dignidad, especialmente cuando uno no se representa a sí mismo, sino a un colectivo (empresarial, institucional, vecinal...). Entonces debe extremar la cautela, porque su responsabilidad es doble, ya que en el representante se encarna la imagen y los valores de los representados. Y en el caso de los cargos públicos democráticamente elegidos, los representados son tanto los que les han votado como los que no: un gobernante gobierna para todos, no sólo para sus electores.

Y digo todo esto porque me temo lo peor (entiéndase en clave de ironía) el próximo día 13 de junio, cuando se celebre el acto de investidura de los representantes públicos en esta España nuestra tan aficionada a igualar por abajo. Estoy segura de que más de uno (y una), en su afán por simbolizar el cambio que su candidatura representa, se personará en el acto como si fuera un sábado por la mañana a comprar el periódico, pretendiendo hacer un guiño al pueblo llano y olvidando que hasta el más humilde de los trabajadores el día que casa a una hija o entierra a un padre se pone un traje y una corbata. Y eso es así porque tiene sentido de la oportunidad, del respeto y de la dignidad. Si dejáramos las demagogias a un lado, sería muy fácil de entender.



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